sábado, 23 de febrero de 2019

BREVES BELLEZAS


—¿Dónde están las flores de almendro? —preguntó el maestro, al ver el jarrón vacío.
—Las he echado a la estufa, don Amando. Como ya estaban marchitas, tan secas...
            En la última fila, la de los disidentes de su pedagogía de la bondad, el maestro pudo escuchar murmullos irónicos e incluso conatos de risas.
Don Amando entonces, con su voz y su mirada supurando una tristeza infinita, nos dijo que aquellas flores mantenían sus aromas a campo, a primaveras pretéritas, a belleza natural. Aunque ya estuvieran marchitas, todavía preservaban el recuerdo de cuando eran flores hermosas, mariposas blancas prendidas en las ramas. Y luego, con un tono aún más sombrío, nos habló de la brevedad de la belleza, de las efímeras mariposas que enseguida se marchitan, cambiando la tersura y el blanco de sus alas por las arrugas y el ocre de los pétalos ajados, de una vejez precipitada. Y nos lo dijo con una extraña voz susurrante, como si estuviera afectada por el empuje de las lágrimas.
En aquel tiempo, don Amando parecía arrastrar una pena fósil incrustada en su mirada.  Nosotros sólo sabíamos que su mujer estaba enferma, y que él se mostraba cada vez más desolado, con los ojos siempre enrojecidos y aguados. Aquella mujer, mucho más joven que el maestro, se murió durante aquellos días en que él más insistía en hablarnos, con emoción y tristeza, de la brevedad de la belleza.
Fue entonces cuando conocí la verdad sobre aquel amor deslumbrado del maestro, mantenido durante la corta vida de su mujer. Y supe de su belleza, de su hermosura de mujer joven, de su lozanía y esplendor, que una enfermedad atrófica, degenerativa, enseguida devastó, y la fue arrugando, marchitándola, como lo estaban aquellas flores de almendro que el maestro mantenía en un jarrón, para embellecer la escuela; aunque ya estuvieran secas y arrugadas, pero con el recuerdo siempre de su belleza pretérita, nos explicaba don Amando.  
Cuando aquella enfermedad degenerativa acabó marchitando la vida de su mujer, la tristeza sumió al maestro en el pozo negro y hondo de la depresión y la mudez definitiva, dejándose morir, él también, de desolación, de pena, de amor. Fue al final del invierno siguiente cuando lo encontraron debajo del almendro que tenía en el patio de su casa, con el corazón ya parado. Tenía sobre el pelo algunas flores recién caídas del árbol, que aleteaban con la brisa de aquel invierno en retirada. Otras estaban en el suelo, temblorosas por el viento del atardecer, como efímeras mariposas estremecidas.
Francisco de Paz Tante
(Del relato “Breves bellezas”, ganador del certamen literario de Enguera, 2018)
(Imagen: portada de “Eloísa está debajo de un almendro”)

viernes, 22 de febrero de 2019

LA REINA DE THULE


Aunque María, después del desahucio, ya sin ilusión y sin ganas de seguir viviendo en pareja, decidió regresar con su familia para evitar la desolación de la pobreza y el acecho incluso de la indigencia, Manuel no se resignaba a perderla. Por eso, con frecuencia, le mandaba mensajes al móvil.
«Sólo leo los cómics del Capitán Trueno», le escribió Manuel a María, en uno de aquellos mensajes que le envió durante los primeros días de la separación, desde la casa vacía de sus padres a la que había vuelto, una vez desahuciado de la suya y abandonado por su mujer; cuando el desempleo y la pobreza, como carcomas voraces, ya habían devastado su matrimonio y su vida.
«Las dentelladas de la rabia y la angustia me impiden dormir. Ahora, por las noches, sólo hay insomnio y lágrimas», persistió Manuel en su comunicación. «Pero algún día me rebelaré contra la vida y el mundo, y lucharé por ti, y por mí. Como el Capitán Trueno».
Y entonces María, preocupada por esas palabras extrañas y exaltadas, le respondió: «Cuídate, Manuel. Ya sabes que tu salud mental es frágil, y siempre has tenido tendencia hacia las fantasías y el desvarío. Recuerda lo que te dijo el psiquiatra. Y no dejes de tomar los ansiolíticos».
Pero las pastillas se habían acabado, y él no quería salir de la casa. Había decidido continuar con su encierro, leyendo, sin apenas descanso, los cómics del Capitán Trueno que había encontrado en un armario de su vieja vivienda familiar, como en su adolescencia; por el día, y durante los angustiosos insomnios nocturnos.
De modo que, durante aquellos días de soledad buscada, con persistencia y obsesión, rememoró la vida del intrépido Capitán, que recorría el mundo luchando contra la maldad. Un héroe que arremetía contra los prepotentes, bravucones y abusones de todas las razas y calañas, a quienes llamaba bellacos o rufianes; en su afán por adecentar el mundo. Además, desde que la conoció, siempre tuvo en su corazón y en su pensamiento a su amada Sigrid, la reina del lejano país de Thule, a quien a veces tuvo que rescatar con el desapego a la vida y el arrojo que sólo poseen los valientes y los héroes.
«Tengo que ir a la oficina del paro. Para decirles que aceptaré lo que sea. Cualquier oferta. Voy a trabajar, María. Para volver a la vida, y junto a ti, mi reina», leyó ella en un mensaje, extrañada, de nuevo, por esa novedosa expresión: “mi reina”.
***
—No hay ninguna oferta de empleo —le dijo el funcionario, sin mirarlo.
—¿De nada? Me vale cualquier cosa. Tengo que volver a trabajar, a vivir, con mi mujer… —balbuceó Manuel, sintiendo que su cabeza ya estaba repleta de furor y extravío.
—Nada —insistió el de la oficina, con una mirada inexpresiva que Manuel percibió de cualidad bovina.
—¿Has mirado bien, bellaco? —se oyó Manuel decir a sí mismo, de forma brusca y seca, y sin ser consciente de haber manifestado voluntad alguna en pronunciar aquella palabra final.
El funcionario entonces se levantó de la silla, lo miró y le dijo:
—Usted a mí no me insulta. Salga de aquí inmediatamente.
Y como Manuel no se movía del sitio, y persistía en su mirada anegada de rencor y furia, el oficinista lo amenazó con llamar a la policía.
—Morderás el polvo ¡Por Júpiter! —dijo Manuel entonces, sintiendo ya en el cerebro la abrasión de una ira creciente.
Ante aquella amenaza, el funcionario, con paso ligero, se alejó de la mesa y se perdió enseguida por los despachos traseros de la oficina.
Manuel, con los ojos ya rebosantes de extraños relumbres, aún estaba en el mismo sitio cuando entraron dos policías.
—¿Es usted quien ha amenazado al funcionario que lo atendía? —le preguntaron.
—Sólo le he dicho que morderá el polvo. Y vosotros también —les dijo a los policías, sintiendo ahora en su cabeza un latigazo intenso y curvo de ira y locura. Luego se abalanzó sobre ellos con las manos abiertas y brincando desde el suelo, como si pretendiera volar, con ese grito de guerrero medieval que emitía el Capitán Trueno al entrar en combate: “¡Santiago y cierra, España!”
Lo redujeron enseguida, lo esposaron y se lo llevaron a la comisaría, donde le dijeron que pasaría la noche encerrado, antes de comparecer ante su señoría, por el delito de agresión a la autoridad pública.
Cuando le preguntaron por su familia, y a quién tenían que comunicar su situación, Manuel solo dijo: «A la reina de Thule».
«En cuanto me suelten, voy a buscarte, y a recuperarte, porque no puedo vivir sin ti, mi reina de Thule», le mandó un mensaje a María, antes de que le quitaran el móvil y lo introdujeran en el calabozo. Y ella, que nunca había leído los tebeos del Capitán Trueno, mientras escuchaba en la televisión un ruido de fondo de tertulianos que hablaban del paro y sus consecuencias, entre lágrimas, le escribió para preguntarle que dónde estaba ese reino de Thule.
Francisco de Paz Tante

martes, 19 de febrero de 2019

Ay, mi amor, sin ti no entiendo el despertar


   El deterioro de su aspecto físico y de su salud fue rápido y devastador. El creciente consumo de vino, para aliviar la desolación y la tristeza, lo abocaron al desvarío y la mendicidad. Y al final sólo quedaron la realidad de su miseria y su alcoholismo, el pozo oscuro de la depresión y las penumbras herrumbrosas de la indigencia. 
   Cuando conoció a Galina ya pertenecía a la geografía humana de la plaza. Y, desde el primer día en que se arrimaron, sintió el pálpito de una atracción que percibió novedosa. Él creía que el amor y el sexo eran lo que había conocido y compartido con su mujer durante tantos años de felicidad doméstica, hasta que el paro y la ruina acabaron devastando aquel amor tranquilo, la relación e incluso su propia vida. Y ahora, con Galina, sentía la novedad de unas emociones, como recién estrenadas, que le brotaban desde los hondones del alma y estallaban en los gozos del deseo. 
   Durante aquel tiempo en que compartieron el vino, la miseria y las caricias rebosantes de ternura, se sintieron felices y plenos, a la intemperie de la calle, o en los someros refugios donde se cobijaban del fragor de la noche y su aliento de escarcha.
   Por eso, cuando ella desapareció, pasaron los días y fueron creciendo la angustia y la desazón de la pérdida, la certeza de que la habían encontrado los proxenetas que la buscaban, Aurelio sintió la inmensidad de un vacío abisal, la desolación de su caída final a esas simas de la vida que lindan con el infierno.
   Y algunos días, ya con el cielo oxidado del atardecer, se sentaba en un banco de la plaza, a beber y a observar la geografía humana; a los transeúntes y turistas con sus trajines gregarios; a un ciego albino, con su imagen de mármol siempre adosada a la catedral, que ofrecía sus cupones prendidos en la solapa; a un gitano muy cetrino y trajeado, empeñado en vender baratijas a los turistas como si fueran joyas de muchos quilates; al Sabas y al Maxi, persistentes en sus adicciones y su perdición, ya despojados de dientes y de vida; y a la Perla, que mostraba su escote ajado con descaro y lujuria a quienes pretendía seducir, para que la acompañaran a la casa descostrada y húmeda que siempre mantuvo en las estrechuras de la calle Alfileritos. 
   Y a su lado estaba El Palmo, un cantaor enano, fracasado, de mirada grande y húmeda, que palmeaba mientras interpretaba su repertorio de artista callejero, y Aurelio lo escuchaba con los ojos aguados de pena cuando cantaba aquellos versos de Serrat untados con toda la tristeza que exhalan los sueños rotos y las nostalgias viejas: «Ay, mi amor, sin ti no entiendo el despertar».
   Francisco de Paz Tante
  (Del relato “Geografía humana”, ganador del certamen literario de Moriles, 2018)
   (Imagen: pintura de Virginia Patrone) 

viernes, 18 de enero de 2019

UN BALÓN ROTO



«Me ha llamado el ministro», dijo el general. Y luego, durante unos segundos, se quedó callado, fijo en la pantalla, como afectado por un acceso de bruma y dudas. Hasta que al final explicó, con voz cansada, entreverada con posos de tristeza y hastío: «Vamos a bombardear la casa, hasta reducirla a cenizas y escombros. El ataque ya está preparado».
Después el general enarcó la mirada sobre la imagen proyectada en la pantalla, para observar el paisaje de tejados –algunos reventados por la devastación de la guerra incesante—, terrazas abiertas al cielo, ropa tendida y antenas desarboladas. Aguzó la mirada sobre la terraza elegida, que captaban las cámaras desde celosías camufladas en los edificios más altos o incluso desde el cielo inaccesible de los aviones fantasmas. 
Le angustiaban los daños colaterales y las víctimas infantiles, por eso trataba de identificar en la imagen muestras o evidencias de la existencia de niños en aquel edificio. Rememoró entonces el día en que decidió recorrer las calles, para conocer de cerca su situación y sus peligros. Y recordó que, al volver una esquina, se encontraron con un niño, frente al vehículo militar, con un balón en las manos, arrimado a su pecho. 
Aunque solían ser mayores que aquella criatura, al menos adolescentes, quienes se adosaban y ocultaban las bombas para explosionarlas junto a los vehículos militares, los protocolos de seguridad eran muy estrictos con cualquiera que se arrimara a ellos. Por eso, al ver al niño con aquel balón viejo, sospechoso, quieto, frente a la tanqueta, enseguida saltaron las alarmas. Con la escotilla cerrada del blindado, y apuntándolo con la ametralladora, le dijeron que dejara el balón en el suelo y se alejara. Él entonces se puso nervioso, y empezó a llorar. Y el general, cuando recordaba aquella escena del niño anegado de lágrimas y de pánico, aún no sabía cuál fue la causa de aquel impulso que lo empujó a abrir la escotilla, saltar a la calle, acercarse al muchacho y tratar de calmarlo.
—Es mi balón —dijo el niño, llorando. Me lo regaló mi padre. 
El general, entonces, arrimó un detector de explosivos a aquel balón de cuero, blanco, muy desgastado. Luego lo cogió y lo rajó con su cuchillo. Al comprobar que en el interior solo había aire, se lo devolvió al niño. 
—Me lo has roto —balbuceó el muchacho, aún anegado de lágrimas y espanto. Luego se fue corriendo, con su balón rajado, desinflado. 
Esos eran los recuerdos del general mientras seguía con los ojos clavados en la azotea de una casa que iban a bombardear. 
Las órdenes estaban dadas, y los preparativos en marcha. El avión ya estaba en vuelo, en dirección a su objetivo. Los activistas se habían pertrechado en aquella vivienda, desde donde respondían con disparos a cualquier intento de convencerlos para que dejaran las armas y se entregaran. 
Fue al conseguir que ampliaran un poco más la imagen de aquella azotea que iban a bombardear cuando el general vio un objeto redondo, blanco, en un rincón. Luego se acercó a la pantalla, y entonces distinguió con nitidez que era un balón muy desgastado, desinflado, rajado. 
Después las bombas borraron la imagen con su estallido de fuego. Y el general ya solo vio humo y polvo; y los brillos que le empezaron a brotar en su mirada húmeda, que aún persistían cuando le informó al ministro del éxito de la operación, y del daño colateral producido, uno pequeño, le dijo, bajo los escombros, junto a su balón roto. 
Francisco de Paz Tante 

viernes, 7 de diciembre de 2018

UNA VIDA DE CINE

Durante aquellos años en que la vida real era en blanco y negro y la del cine en tecnicolor, mi amigo Licinio, a quien aún no llamábamos Cigüeño, se convenció de que las historias oníricas y fantasiosas de las películas se podían sacar de la pantalla para hacerlas realidad.



Así me lo contó un sábado por la tarde, después de ver la película Mary Poppins. También me habló entonces de sus penurias y orfandad, de la sordidez de sus hospicios infantiles y de cómo se escapaba de ellos por los vericuetos de la imaginación. 

Y al día siguiente, en la celebración de las fiestas patronales, con la plaza llena de gente, lo vimos encaramado a la torre de la iglesia, agarrado a un paraguas grande y negro. Durante la noche anterior había reforzado bien las varillas que sustentaban aquel artilugio con el que Licinio, como Julie Andrews en la película, pretendía descender en un vuelo de cine.

Se lanzó al vacío desde el nido de las cigüeñas. Cuando se inició la caída, la gente empezó a gritar, pero él, bien agarrado con las dos manos al paraguas, al principio parecía descender con suavidad, como mecido incluso en aquella brisa del atardecer; hasta que vimos cómo estallaron las varillas, el paraguas se volvió del revés, y, sin soltarlo, Licinio cayó con estrépito sobre el pavimento empedrado de la plaza. Con la columna vertebral ya astillada, se quedó mirando, muy fijo, como asombrado, hacia el cielo crepuscular que había intentado surcar, como Mary Poppins.
Desde entonces, mi amigo Licinio, a quien ya llamábamos Cigüeño, se quedó varado en una silla de ruedas, con sus ristras de décimos de lotería colgadas en la solapa, que ofrecía a la entrada del cine: «Para que tengas una vida de película», les decía a quienes ofrecía su lotería.
Era esa vida de cine que él siguió empeñado en vivir, en sacarla de la pantalla para hacerla realidad. Por eso, después de ver “Desayuno con diamantes” y aprenderse la música de “Moon River”, a veces silbaba con emoción crecida esa hermosa melodía, mientras buscaba con su mirada, brillante y húmeda, la de Andrea, que servía Mirindas, caramelos y palomitas en el ambigú durante los descansos de las películas, y tenía los ojos grandes y la sonrisa triste, como Audrey Hepburn.
Francisco de Paz Tante

sábado, 28 de abril de 2018

REGRESO A SEFARAD




Las últimas luces del atardecer enseguida encienden un crepúsculo que prolifera por el cielo de la ciudad, antes de tornarse en noche cerrada, adensada junto a los muros de las calles estrechas, ya sólo iluminadas por la tenue luz del alumbrado nocturno. En estos anocheceres de verano me gusta pasear por tu barrio, como tú lo llamabas cuando lo recorriste por primera vez junto a mí; aunque estas geografías urbanas ya estaban en tus paisajes emocionales, después de tantos relatos, tantas historias contadas y tantas nostalgias viejas inoculadas en la memoria colectiva de tu familia, de tu gente, durante más de quinientos años.
Luego, cuando paso junto a las sinagogas, evoco aquella tarde en que nos adentramos en ellas, y tú, más que observar los arcos, los muros, los objetos artísticos y de culto, parecías sentir la emoción de una impronta centenaria que perdurara en ti, en los hondones del alma, ya tan hollados por la memoria, y por las historias tristes que te contaron los viejos, y las que leíste en los escritos antiguos, y escuchaste en los versos de un poeta sefardí que tus antepasados se llevaron al exilio, preservadas del olvido durante todas las generaciones. Por eso me decías que tu viaje, en realidad, suponía la vuelta de tu familia, regresada en ti, después de más de cinco siglos.

sábado, 14 de abril de 2018

RETRATO


Fue al nacer el más chico, cuando madre avisó al retratista del pueblo para hacernos la foto que pedían en el carné de familia numerosa. Padre y madre sentados en las sillas de espadaña, con el recién nacido y la niña chica, que mira con una expresión de un cierto asombro o extrañamiento. Madre sonriente, ella siempre ha mostrado ante la vida un gesto, una expresión, amable, y en los retratos también. Y padre serio, recién llegado del trabajo, lavada la cara con prisa a manotazos, antes de ponerse la camisa blanca y limpia, mostrando sus brazos fuertes y sus manos grandes de pocero. La hermana grande, de pie, también sonríe. Ella siempre ha tenido la sonrisa esbozada, o abierta, y la mirada limpia, que ahora, en este retrato de familia, parece encoger un poco, como tratando de ver, o de intuir, alguno de los turbiones que traería después la vida. Y el mayor, también de pie, serio. Como siempre ha sido él. Él estudiaba entonces el bachillerato. Porque, aunque padre quería que trabajara con él en los pozos, el maestro lo había llevado a la capital de provincia a examinarse de la beca. Porque entonces las becas se aprobaban con exámenes, y se quitaban si suspendías alguna asignatura. Y, como aprobó la beca, padre lo dejó estudiar el bachillerato. Luego, aquella gratuidad mantenida con esfuerzo le permitió incluso ir a la Universidad y hacer una carrera en Madrid. Y ahora, este, el mayor, al ver el retrato de familia, cuando al futuro de entonces ya lo han devorado los años, piensa en cuánta vida había aún allí pendiente, y cuántos sueños sin estrenar, sólo soñados, en la infinitud de aquellas extensas geografías, todavía sin horizontes, de la adolescencia.
Después quiso irse, de aquella casa de paredes enjalbegadas, donde siempre había un olor a campo, entreverado con el del sudor y de los afanes a la intemperie; a los imprecisos aromas cotidianos de la humildad y la dignidad que untaban la existencia; a la lumbre con leña de olivo, a cocido diario y a gazpacho siempre en verano, al pimentón y otras especias de los embutidos recién hechos que colgaban de una caña, a la zafra que exhalaba aromas puros a aceite virgen, a la hierba y verdolagas que comían los conejos enjaulados del corral, a las almendras extendidas en su lienzo de oro viejo por el suelo durante las brasas de agosto, a la Gimson y luego a la Derbi de padre, a las sombras del verano en ese mismo corral escuchando Los Miserables en una radionovela mientras fantaseaba que quería ser escritor, para contar la vida, la imaginaba, y la vivida, sobre todo la vivida.
Hubo un tiempo en que puso empeño para alejarse de la casa enjalbegada, del pueblo, de aquella vida, e incluso del retrato. Y ahora, al verlo, otra vez, piensa en el óxido que lo impregna y en la herrumbre de los años, que ya han borrado a padre de la existencia, y ahora sólo es tierra y memoria. Madre, varada en su vejez y en sus recuerdos, mirando fotos de continuo, aún sigue amable, sonriendo a la vida y a quienes nos acercamos a ella, a los destellos que todavía desprende su mirada penetrante y sensible. Los niños chicos se hicieron grandes hace muchos años, y han tenido sus vidas, su plenitud y sus propios niños chicos. La hermana grande sigue sonriendo a la vida, con la misma mirada clara, a pesar de los turbiones que, como ella parecía intuir en la foto, al final se hicieron realidad. Y el mayor, ya en la edad tardía, sigue serio, a veces anegado de nostalgias tan viejas como su propia vida, y, en su empeño por escribir, por contar la vida, aquella vida, se da cuenta de que, en realidad, nunca se fue de ese retrato para el carné de familia numerosa, sus raíces siempre han estado ahí, y en el sepia de los años están también las emociones que a veces le brotan de los hondones de la memoria y del alma, y su más profundo sentido de pertenencia.
Francisco de Paz Tante

viernes, 26 de enero de 2018

MIL GRULLAS


Fue el maestro quien nos habló de aquella historia mágica de las mil grullas que hacían realidad los sueños. Era una leyenda japonesa que él conoció entonces a través de un periódico y la adaptó a nuestras geografías del encinar, a nuestros paisajes emocionales. Por eso nos decía que, en vez de plegar mil grullas de papel, como decía la leyenda, había que contarlas, cuando llegaban a nuestros campos desde el frío del norte. «Los efectos de esa magia, su eficacia para hacer realidad los deseos, se incrementan si las mil grullas se quedan en la retina, atrapadas por la mirada, de una en una, hasta contar mil. Porque los ojos atrapan mejor que las manos. La vista penetra más que el tacto. De forma que, captándolas en la retina, cuando cuentas mil el deseo se cumple. Las mil grullas observadas, retenidas en la mirada, actúan sobre el destino y lo amoldan al deseo, a los sueños», nos contó el maestro, cuando íbamos a aquella escuela en la que, además de aprender las letras y los números, también recibimos lecciones de vida y magia. Por eso, después, en aquella infancia a la intemperie de la dehesa, cuando queríamos que se cumpliera un sueño o un deseo, al llegar las grullas al encinar, intentábamos acercarnos a ellas, y contar hasta mil, para que los sueños se hicieran realidad.
                                                           ***
Cuando nos casamos, dejamos la dehesa, los encinares y las grullas, para emigrar a Madrid, como hicieron otros muchos entonces, con nuevas ilusiones y viejos sueños de felicidad. Ya teníamos piso, que fuimos pagando con los sueldos de la fábrica, en la que yo trabajaba en la planta de montaje, y tú en las oficinas, donde enseguida ascendiste, por tus conocimientos de mecanografía, taquigrafía y contabilidad que te afanaste en aprender en la única academia que había en el pueblo, donde ibas cada tarde, caminando desde nuestras casas de la dehesa a la carretera, para coger el autobús. Luego, en aquel tiempo, algunas noches, cuando acababa mi jornada de trabajo en el campo, le pedía el coche a mi padre para ir a buscarte, a la salida de la academia, y después ya volvíamos sin prisa, deteniéndonos a veces en el camino, apartados de la carretera, escondidos en la noche, para sentir de nuevo el gusto crecido de la piel estremecida y de los besos que entonces aprendíamos a darnos.
                                                             ***
Nos conocíamos desde la infancia, porque éramos vecinos de aquellas casitas de pizarra que se levantaban entre las encinas de la dehesa. Sentimos crecer las primeras emociones del amor y del deseo en la adolescencia. Y luego, en plena juventud, decidimos seguir juntos el resto de nuestras vidas. Por eso, cuando enfermaste, no concebía la vida sin ti.
Desplegué entonces todas mis fuerzas, todas las energías que puede albergar un ser humano, para curarte. Hablé con muchos especialistas, visité los mejores hospitales del país, y todos me dijeron que las pruebas eran concluyentes, que tu enfermedad era mortal.
Durante aquellos días desolados, traté de entibiar tu frío con el calor de mis manos, de mis labios, de mi aliento en tu piel cada vez más pálida. Procuré, con toda la ternura que podía derramar por mis ojos resecos de tanto llorar a escondidas, mantener encendida tu mirada, ya con luces de crepúsculo, marchita y oscura como el final sombrío de un atardecer.   
Y, al final, un día de otoño, desesperado, cogí el coche y me vine a la dehesa, a buscar las grullas bajo las encinas. Había hierbas secas y temblores de hojarasca en aquella zona donde me tumbé, para camuflarme con la tierra, como aprendimos cuando éramos niños. Desde allí veía la bandada, extensa, y empecé a contar, mientras pensaba en ti, y en aquella leyenda que nos contó el maestro sobre el cumplimiento de los deseos, de los sueños. Cuando ya había contado trescientas, me estremecieron los primeros revoloteos espantados. Y, al final, todas levantaron el vuelo, y sus sombras se proyectaron sobre el encinar. Yo entonces, aún tumbado, sobre la tierra cubierta con hierbas y temblores de hojas muertas, lloré, durante mucho tiempo. Porque entonces supe que mis deseos se quedarían incumplidos.
Te moriste a los dos días de mi último intento para salvarte, el que hice en nuestros campos, en nuestras geografías emocionales, de donde somos nosotros, donde aprendimos a ver y a sentir el mundo, y donde, cuando la vida se ha complicado, he vuelto, para buscar aquí las respuestas, a la vida, y a la muerte.

Francisco de Paz Tante
(Con fragmentos del relato titulado “Sombras de grullas”, ganador del premio “Julio Camba”, del Centro gallego en Santander, 2017)

martes, 2 de enero de 2018

EL AMOR EN LOS TIEMPOS DE LA EDAD TARDÍA

Él ya había visto la película, por eso, cuando su vecina lectora acabó y devolvió el libro titulado “Desayuno en Tiffany´s”, lo sacó, para recordar de nuevo a la mujer, aún adolescente, de la que se enamoró en su juventud, que tenía aquella misma mirada grande y seductora con la que Audrey Hepburn llenaba la pantalla.
Aquel sueño de juventud enseguida se rompió, cuando ella se fue con su familia a otra ciudad lejana. Y él siempre se acordaba del día en que se marchó, y a veces le daba por calcular el tiempo que ya duraba la separación: sesenta años, dos meses y quince días, echó la cuenta aquella tarde en que se adentró en las páginas de un libro que contaba la historia de una mujer que se parecía a ella. 
Luego, su vecina lectora se percató de que él tenía la misma novela que ella había dejado antes. Por eso lo observó con interés y atención, pero sin hablar, manteniendo el silencio que se imponía en aquella sala de la biblioteca pública.
Y así fue cómo iniciaron, sin el ruido de las palabras, aquella comunicación sólo a través de las miradas y de las lecturas; de los libros, que primero leía ella, y luego sacaba él.
Un día vio entre las manos de su vecina lectora la novela titulada "El amor en los tiempos del cólera", de García Márquez, aquella historia de amor recordado a lo largo de toda una vida, siempre pospuesto, del que solo disfrutan al final, ya en los tiempos de la edad tardía. Cuando ella acabó de leer el libro, lo devolvió y esperó a que él lo cogiera. Entonces la bibliotecaria nunca guardaba los libros que entregaba ella, sólo esperaba a que llegara él, para apuntárselos.
 Y al volver a su sitio con la novela que ella había dejado, él notó enseguida una novedad en su vecina lectora. Estaba sentada, como siempre, en la mesa del al lado, pero no leía, no había cogido ningún otro libro. Se miraron entonces, él con extrañeza, y ella con la expresión de quien sólo espera. 
Al día siguiente, ya en su mesa habitual de la biblioteca, mientras avanzaba en las escasas páginas que le quedaban, después de toda una noche de insomnio y lectura, observaba que ella seguía sin libro, como esperándolo, con una mirada que aquel día parecía impregnada por los brillos apagados de una contumaz nostalgia.
Cuando lo terminó, llevó el libro al registro, para su devolución, mientras ella, en esta ocasión, lo acompañaba, en silencio. 
Luego se dirigieron hacia la salida de la biblioteca, aún juntos, todavía callados, mirándose a veces, con emoción, mientras él creía encontrar de nuevo en aquellos ojos, ya achicados por las arrugas del tiempo, los brillos de una mirada grande, como la de Audrey Hepburn.
Ya estaban en la calle cuando, al final, ella habló:
—Te estaba esperando —le dijo. 
—Y yo a ti —respondió él—. Desde hace sesenta años, seis meses y cuatro días, con sus noches. 
Francisco de Paz Tante

(Fragmentos del relato “El amor en los tiempos de la Edad tardía”, ganadora del certamen “Puente Zuazo”, 2017, de la Academia de San Romualdo, en San Fernando, Cádiz)


sábado, 16 de diciembre de 2017

LA BREVE ETERNIDAD DE UN BESO ESTREMECIDO

Cuando la vi en el periódico, sentí enseguida esa necesidad que en tantas ocasiones me empuja a escribir, a narrar un estremecimiento, un zarpazo emocional, algo que me conmueva. Es el retrato de un abrazo, de un beso. Un hombre y una mujer unen sus labios, se entrelazan con sus brazos, con sus manos muy abiertas, para que abarquen más pasión, más piel deseada. Dos cuerpos unidos en un abrazo, dos seres entregados al afán del deseo palpitante en los labios, en ese hálito que, más allá de la piel, a veces brota del alma y nos muestra en plenitud el gusto del amor compartido.
Enseguida también me di cuenta de que solo había una sombra, como si ya estuvieran fundidos en aquella extensión oscura que había crecido en el suelo. Dos amantes, rebosantes de pasión, y una sola sombra. Una metáfora del amor, pensé entonces. Porque quizás ese sea el afán último de los amantes, el deseo de adentrarse en los labios, en la piel, y quedar invadidos, penetrados, para que el sol derramado los proyecte sin periferias ni fronteras entre ellos.  

O quizás la metáfora fuera de la muerte. Porque los amantes son Bonnie and Clyde, retratados poco antes de que murieran, juntos, en el coche, mientras persistían en su escapada hacia ningún sitio, quizás con un abrazo final que buscara una imposible protección para las balas que los acribillaron. Tal vez por eso la sombra única auguraba su inminente destino, antes de que su leyenda se hiciera eterna. Aunque yo prefiero pensar que fue ese momento que atrapa la fotografía el que los introdujo en la eternidad, en la breve eternidad que sólo otorga un beso estremecido. 
Francisco de Paz Tante

martes, 21 de noviembre de 2017

DE VUELOS Y SUEÑOS (RELATO GANADOR DEL CERTAMEN VILLA DE PEDRAZA)


          
Ahora corro sobre el asfalto duro y negro, mamá. Y tengo zapatillas, que amortiguan la zancada larga y me impulsan hacia adelante, mientras siento la felicidad de volar sobre las piernas endurecidas, ya libres, como alas vigorosas. Y mientras corro, sintiendo cómo el corazón, en plenitud, bombea sangre y vigor, la memoria me sitúa, otra vez junto a ti, en nuestra aldea africana, donde aprendí a correr a la vez que a andar, para acarrear el agua, acompañarte a la selva a buscar raíces y frutos, mientras tú caminabas a paso ligero, y yo trotaba a tu lado; y para acudir a la escuela, los pocos días que fui, a cinco kilómetros de nuestra casa, que siempre los hacía a la carrera. Entonces iba corriendo a todos sitios, incluso después de que me llevarais a la curandera para el ritual, para amputarme el sexo y suturar la herida con alambre. Después del desgarro y del dolor, enseguida, a los pocos días, empecé a correr otra vez, aunque ahora con los pasos cortos y las piernas muy juntas, para aliviar el dolor. Porque entonces no sólo me quitasteis aquella impureza de la que hablabais las mujeres de la aldea, sino también la felicidad de correr, de sentir mis piernas abiertas sobre los caminos, las zancadas largas con los pies desnudos, mi cuerpo moviéndose libre, ahora mutilado, cosido, limitado, con dolor, siempre con dolor. Pero no te lo reprocho, mamá. Yo sé que sólo hiciste lo que habían hecho contigo, y con tu madre, y con la madre de tu madre. Siempre fue así. Y tú no querías que yo fuera distinta, ni que me quedara sin marido y sin familia, sin sustento ni futuro, porque si no me amputabais aquella impureza, aquella vergüenza con la que nacíamos las niñas, según decíais, nadie se casaría conmigo, y al final sería una mendiga, marginada y apartada.

viernes, 10 de noviembre de 2017

EL ABRAZO QUE HABITÁBAMOS

A veces la vida entera se tiñe de otoño, y huele a temblor de hojarasca, a acacia desnudada por una brisa triste, a nostalgias marchitas con texturas de retrato viejo, a soledad amarilla, a ti. Y recuerdo entonces aquel día de noviembre en que nos adentramos en la alameda, y allí, como en los versos de Neruda, mientras en tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo, sobre el oro viejo de las hojas caídas nos amamos con la cadencia del atardecer, mientras la noche crecía, el horizonte se borraba y los límites del mundo se quedaban reducidos los territorios que exploraban los labios, con la única luz que encendía el placer en las miradas abiertas, recorridos por las brisas excitadas del aliento, de los besos estremecidos que entonces aprendíamos a darnos.
Luego, el devenir de la vida, el desgaste de los años, nos irían entibiando las llamas de aquel entusiasmo inicial, aunque siempre mantuvimos encendidas las brasas que tantas veces reavivábamos con soplos de renacida pasión, más sosegados que los de nuestra juventud enfebrecida, pero también más certeros y sabios en los gozos del amor. 
Bajo aquella primera lluvia otoñal, que ahora rememoro, no podíamos imaginar que después de tantos años, aunque remitiera la fiebre de la piel, seguiría creciendo la fuerza de otra emoción más compleja y completa, más humana y plena, que, además de sexo, se nutre de ternura, confianza, comprensión, necesidad de presencia en la vida, que ya no se concibe en soledad, con el hueco infinito de una ausencia que nos dejaría sin referencias ni motivos para seguir adelante, hacia esas lindes del horizonte que siempre atisbábamos juntos, desde aquel día de noviembre en que llovían las hojas sobre los besos que entonces aprendíamos a darnos, mientras la noche crecía, se borraba el horizonte y el mundo quedaba reducido al estrecho territorio del abrazo que habitábamos sobre el lecho amarillo del otoño.   
Y ahora que ya no estás, que tu recuerdo sólo es brisa triste, otoñal, memoria amarilla y nostalgia, evoco aquellos versos de Neruda prendidos en tu mirada, donde peleaban las llamas de crepúsculo, y las hojas caían en el agua de tu alma.
Francisco de Paz Tante
Imagen: El abrazo: Gustav Klimt




miércoles, 1 de noviembre de 2017

TE TRAIGO FLORES, Y PALABRAS

Hoy, como cada uno de noviembre, te traigo flores, y susurros con los que recuerdo tu existencia, murmullos que los demás creerán que son plegarias o rezos, y no estas palabras acalladas con las que pretendo evocar tu vida, y romper el silencio que brota de la tierra, del mármol frío que te cubre. 
Ayer fui al río, a recorrer otra vez los senderos de antes, por los que anduvimos juntos, ahora ya sólo intuidos bajo las hojas muertas de la lluvia amarilla otoñal.
Las hojas seguían cayendo mientras paseaba por la ribera. Sentí entonces esa melancolía contumaz, ya tan conocida, tan reiterada, con su gasa blanda impregnada de ti. Y volvieron los recuerdos de la textura de tus manos, de tus caricias, de tu abrazo; de tantas noches sintiendo tu aliento, respirándote. 
A pesar del paso del tiempo, y del inalterado frío de tu ausencia, aún mantengo viva la turgencia emocional que nos brotó durante aquellos años de los gozos del sexo y la pasión crecida del amor. Por eso me acordé de ti, de nosotros, cuando leí aquella novela crepuscular de Gabriel García Márquez en la que el protagonista aconsejaba a uno de los personajes que no se muriera sin haber probado el sexo con amor. 
Es la plenitud de esa experiencia, de esa pasión de la que hablaba el escritor, la que aún guardo en los abismos de la piel y la memoria. He mantenido su regusto y su recuerdo durante toda la vida, y más allá de la vida. Porque ahora, que ya estás bajo el mármol frío de esta lápida, aún me arde, en la anchura y la soledad de mi cama y mi existencia, aquella lumbre que encendimos juntos. Como me ardía durante tu enfermedad, cuando procuraba que mis caricias, rebosantes de ternura, te entibiaran el frío mortal que te crecía por dentro. Porque entonces, cuando la sombra de la enfermedad proliferaba, yo pretendía, con pasión e ingenuidad, dar calor y luz a la noche que ya te acechaba. Aunque no pude evitar que te fueras apagando como el final de un crepúsculo. 

Quizás ahora, en realidad, sólo seas tierra, polvo, nada; pero yo te mantengo viva. Por eso, como cada uno de noviembre, te traigo flores, y palabras, que los demás creerán que son plegarias o rezos, y no susurros, soplos de voz y aliento, para liberarte de la fría mudez de la tierra y del mármol, de la muerte, del olvido. 
Francisco de Paz Tante

viernes, 6 de octubre de 2017

ES MI HERMANO

Nos quedamos en la puerta, asomados al vacío, a la ausencia, al atardecer. Luego, la mirada de Juan, espantada por el asombro de aquella orfandad intuida, se cuajó de lágrimas y noche. Felisa siguió con los ojos clavados en el suelo, con sollozos acallados, de frecuencia constante, marcando el tiempo de la espera, de la tristeza, de la angustia creciente, como la noche que acechaba. Y yo seguí con Valentín en los brazos, todo el tiempo, para preservarlo de la desolación que, como una niebla fría y densa, ya invadía la casa.
Nadie se acercó a nosotros, las casas de los vecinos permanecían cerradas, y ellos dentro, asustados. En la calle reverberaba el miedo. Y el silencio. Decían que el ruido de la guerra había cesado, y aquella sería la mudez de la paz, pensaba yo. Aunque quienes se llevaron a padre y a madre aún mantenían un timbre de voz sombría, de luto reciente, y en los ojos refulgía un odio viejo, ya fosilizado en sus miradas airadas.
Con el relente de la noche sobre los tejados de las casas mudas, conseguí pasarlos al interior, para entibiar el hambre con unos mendrugos de pan mojados en un tazón de leche arrimado a la lumbre. «Mañana vendrán», les mentí. Valentín entonces me miró, como entendiéndolo. Aún lo tenía en los brazos. Y así continué al día siguiente, y al siguiente, y durante cinco años más. Él se había acostumbrado a mitigar la orfandad y el miedo en mis brazos. Por eso siempre lo llevaba encima, cuando recorría el pueblo para pedir comida a quienes tenían sobras y ganas de compartirlas. Y, si lo dejaba sentado a mi lado, mientras encendía la lumbre y ponía el puchero, o cuando restregaba la ropa en un barreño, o arrastraba la escoba, o la plancha sobre los harapos con que nos vestíamos, que yo me empeñaba en coser y estirar, él enseguida gemía y me llamaba, y alzaba los brazos, para que lo cogiera, y mi calor y mis palabras aliviaran su discapacidad y su tristeza. Porque Valentín nunca pudo andar. Al principio, el médico decía que era retraso, debilidad, raquitismo, quizás; luego, después de aquellas fiebres terribles en que fermentó la miseria, la polio le dejó las piernas carcomidas.
Padre ya nunca volvió, y madre lo hizo cinco años después. Nosotros, como el primer día que faltaron, también estábamos en la puerta, los cuatro, esperándola. Apenas nos habló, ni siquiera lloró. Tenía la mirada arrasada, devastada por el sufrimiento y la ausencia. Sólo me dijo, cuando me vio con Valentín en los brazos: «Tantos años con ese peso, hija».
Luego, muchos años después, sentiría la sal de las lágrimas y la emoción que me provocó aquella canción que oí en la radio, titulada, según dijeron, con la respuesta que yo entonces le di a mi madre: «Él no es un peso, es mi hermano»:
  Francisco de Paz Tante
(La foto es del Dr. Cerdá y Rico, que me descubrió el escritor José Quesada García.  Él incorpora a su libro “El secreto de las cerezas” la obra de este magnífico retratista.)   

viernes, 29 de septiembre de 2017

TODAS LAS LUCES DEL ATARDECER

Cuando a mi padre, antiguo funcionario del Protectorado marroquí, lo trasladaron a España, tuvimos que dejar Larache, donde había vivido durante aquellos primeros años de mi vida. Por eso, anegada de lágrimas, una tarde me despedí de Ridwan, con quien había compartido durante aquel tiempo paseos, emociones y descubrimientos junto al Atlántico; hasta que, al final, también acabamos compartiendo los besos, la misma tarde en que un retratista callejero nos hizo una fotografía, en el paseo marítimo, antes de alejarnos por la playa hacia donde crecían las dunas, la soledad y la intimidad. Fueron unos besos miedosos, al principio, estremecidos, mientras aprendíamos a indagar en los misterios de la piel y sus gozos. Besos salobres, con los labios impregnados por las brisas del océano, adentrándonos en el gusto crecido de las caricias, con la codicia de unas manos adolescentes, temblorosas y enfebrecidas.

viernes, 22 de septiembre de 2017

LOS RUMORES DEL AGUA


Ahora que ya no podremos sentir juntos las fragancias de los fresnos ni escuchar, cogidos de la mano, los rumores del agua, quiero aferrarme a los recuerdos de aquel paisaje que durante dos primaveras fue el escenario de una apasionada historia que aún palpita en esas láminas de la memoria donde guardamos los sueños rotos.
Fue muy rápido, una de esas enfermedades fulminantes, me dijeron cuando pregunté por él, después de aquella carta de despedida en la que me hablaba de su enfermedad, de su trabajo de escritor y de su último cuento, sobre los rumores del agua, para que lo recordara cuando volviera a los paisajes en que gozamos de nuestra efímera historia de amor.

viernes, 15 de septiembre de 2017

¿TE ACUERDAS, LAURA?

     
A pesar de esa tristeza que ya siempre viertes por los ojos, al llegar a la estación se te ha escapado una sonrisa, porque ya sabías que salíamos de viaje, en este autobús tan lujoso, tan distinto de aquel otro en que nos vinimos a Madrid los tres. ¡Qué jóvenes éramos entonces! ¡Y Miguel qué pequeñito! ¿Te acuerdas, Laura?
Cuando dejamos el pueblo, tú me decías que en Madrid sólo íbamos a estar unos años; hasta que Miguel saliera adelante, pues en realidad lo hacíamos por él, por su futuro. Y después, cuando tuviera su familia, y su trabajo, nosotros cogeríamos de nuevo un autobús de regreso a casa. Pero han pasado más de cuarenta años desde entonces y hasta ahora no lo hemos hecho, a pesar de que hace más de veinte que Miguel dejó de tener futuro. De eso sí te acuerdas, ¿verdad, Laura? 

sábado, 2 de septiembre de 2017

LOS BRILLOS DE UNA RISA MUDA



Corría aquella tarde una brisa tibia que traía adheridas fragancias de la montaña y transparencias de cristal. Al norte, la sierra de Guadarrama brillaba nítida, y bajo los árboles caía una lluvia amarilla que cubría las aceras de aquella urbanización con el oro viejo del otoño.
Y según pisaba las hojas muertas, me acordaba de África, y de Oumar, que vivió en la calle hasta que lo internamos en nuestro centro, creado para aliviar el sufrimiento de los huérfanos, abandonados a la intemperie, víctimas de la guerra y la hambruna, incesantes. Oumar tenía los ojos grandes, muy negros y grandes, con los que reía, sin el ruido de la risa. A veces yo le contaba historias graciosas, inverosímiles, de monos chillones y gacelas locas, y él entonces agrandaba la mirada con los brillos de una risa muda.

viernes, 25 de agosto de 2017

PROBARÁS EL VINO EN MIS LABIOS


Aquella tarde, cobijados en la cueva donde fermentaban el silencio y las uvas, probé, al fin, el aliento embriagador de su vino y sus besos.

Aprovechamos las primeras oscuridades para encontrarnos en la penumbra subterránea de las antorchas, en aquel refugio donde guardaban las uvas que fermentaban a escondidas. Fuera el cielo ya estaba crecido y la luna lo desteñía con jirones de plata. 

martes, 22 de agosto de 2017

MIENTRAS ATARDECÍA EN MADRID



Otra vez la tarde del domingo, con sus indolencias y nostalgias viejas, hoy crecidas al ver en un periódico la fotografía de una puesta de sol en el Templo de Debod, que me ha evocado un lejano día de mi juventud en Madrid. 

Aquel domingo ya atardecía cuando llegamos al templo egipcio. Habíamos bajado desde Callao, cogidos de la mano, como siempre en aquel tiempo, cuando el deseo reverberaba en la piel y las caricias brotaban incesantes. En algunas carteleras de los cines de la Gran Vía y en la Plaza de España, nos habíamos parado para aliviar la sed de besos que nos acuciaba, luego saciada en un banco junto a las piedras del templo, mientras en las aguas del estanque ya espejeaba el cielo rojo del atardecer. 
Aún me acuerdo de aquellos besos y de aquellos cielos, en una ciudad que, en mi memoria de entonces, mantiene el regusto de una canción de Sabina que hablaba de Madrid y un aroma a libertad recién estrenada, del que algunas noches sentíamos sus brisas en Malasaña, en la Plaza del 2 de Mayo y en “La Vía Láctea”, donde escuchamos por primera vez “Déjame” de Los Secretos, mientras nos hacíamos promesas de amor que, en la ingenuidad de aquellos albores de la juventud, siempre era eterno. 
Aunque fui a estudiar Geografía a la universidad, durante aquel tiempo, más que en la tierra, me fijaba en el cielo, que lo percibía mucho más alto y luminoso que el de la capital de mi provincia. Además, el horizonte, entonces extenso, rebosaba sueños y futuro.
Y ahora, después de casi cuarenta años, cuando aquel futuro y sus sueños ya están gastados, vividos o caducados, al ver hoy esta fotografía del templo de Debod, me acuerdo de aquel domingo en que nos sentamos junto a su estanque, para medirle con mis labios la sonrisa melancólica que ella entonces mostraba en los suyos, como si ya intuyera el final de aquella efímera historia de amor, mientras atardecía en el cielo de Madrid. 
Francisco de Paz Tante 

viernes, 11 de agosto de 2017

ROPA TENDIDA



El escarmiento, una vez más, sería contundente y despiadado. Las órdenes estaban dadas, y el avión ya volaba hacia el edificio donde se habían pertrechado los autores del ataque. La ciudad era un laberinto repleto de callejones, estrechuras y peligros. Por eso, una vez localizados los activistas, los misiles desde el cielo serían más seguros, precisos y letales.  
Y el general, desde el centro de mando, al observar en la pantalla la imagen ampliada del objetivo, enseguida se fijó en la ropa tendida que brillaba al sol de la azotea. Eran prendas de niños, aún mojadas, se percató entonces, estremecido, segundos antes de que la imagen se rompiera en un estallido de fuego. Después ya sólo vio llamas, humo y escombros. Cuando le informó al ministro, aún sentía el empuje de las lágrimas, mientras le decía que esta vez los daños colaterales habían sido pequeños.
Francisco de Paz Tante