Es el miedo, inspector; ese aliento frío y turbio que
a veces nos anega de niebla y pánico, y entonces ya sólo sentimos un mero
instinto de supervivencia, crecido, palpitando, agazapado como una alimaña, a
la defensiva. Porque es ese instinto ciego el que actúa, el que lanza su
zarpazo, o la dentellada mortal; mientras sólo percibimos su jadeo, y luego el
espanto de la sangre.
El taller de la buhardilla es donde yo escribo y guardo mis obras: un lugar abierto a la pasión literaria.
miércoles, 20 de abril de 2016
domingo, 6 de marzo de 2016
ESTAMPAS DE LA CRISIS
Hicieron folletos con
ilustraciones idílicas: imágenes de edificios rodeados de jardines edénicos y
frondosos árboles, bajo los que paseaba una pareja feliz con sus dos niños
–chico y chica- sonrosados, mientras observaban su casa bajo un cielo muy azul
en el que se atisbaba un futuro de ensueño, repleto de armonía y clorofila.
Luego, con la crisis, muchos de aquellos sueños sólo quedaron en tristes
esqueletos grises de hormigón, ya inacabados, y en juicios y encarcelamientos
para promotores sin escrúpulos y alcaldes untados que recalificaron terrenos en barbecho y principios éticos en erial.
***
sábado, 5 de marzo de 2016
OTRAS "LLUVIAS AMARILLAS"
Desde que leí “La lluvia amarilla”, de Julio Llamazares, y estudié en la universidad geografía rural, la literatura del abandono, de los paisajes y de los pueblos deshabitados, ha estado muy presente en mis lecturas y en mi escritura. Por eso, con estas imágenes de Caudilla, un pueblo abandonado próximo a donde yo vivo, he rememorado algunos pasajes de esta literatura de la desolación, en la que a veces me adentro con interés y pasión.
EL FLUIR DE LA VIDA
Me acuerdo de las texturas, los colores y los olores de entonces. Recuerdo la tierra apisonada de las calles, siempre horadada, rayada, arañada, cuando jugábamos a los santos, a la pica, al calderón, a la trompa, al gua. Luego, cuando las calles se cubrieron de hormigón y asfalto, a la vez que los regueros de las lluvias, los charcos y el barro, desaparecieron aquellos juegos en la calle, sobre la tierra, que ahora, al ver la foto del pueblo durante aquellos años, evoco con una nostalgia tan vieja como mi vida misma.
RETRATOS: UN CUENTO DE NAVIDAD
Asomado a la ventana, veía las luces de la Navidad. También veía cómo el viento dejaba sobre el cristal briznas de hierba seca y temblores de hojarasca.
Él conocía bien los aires de diciembre, su recuerdo lo tenía incrustado en su memoria vieja, después de tantos años trabajando en el campo. Lo nuevo era aquel aliento frío y denso de la soledad, que no cesaba de crecer desde que sus hijos lo dejaron con aquellas monjas de Santa Casilda, y que ahora, al ver cómo palpitaban en la calle las luces de la Navidad, aún arreciaba más.
Por eso se había colocado sobre las piernas una caja de cartón, en la que empezó a escarbar, entre los retratos que allí guardaba, ya amarillos, como hojas muertas. Para no sentirse tan solo.
Francisco de Paz Tante
Por eso se había colocado sobre las piernas una caja de cartón, en la que empezó a escarbar, entre los retratos que allí guardaba, ya amarillos, como hojas muertas. Para no sentirse tan solo.
Francisco de Paz Tante
martes, 30 de diciembre de 2014
Landero en "El balcón en invierno"
Acabo de leer “El balcón en invierno”, de Luis Landero. Y me ha causado tanta satisfacción y gozo literario, que he decidido contarlo.
Hacía tiempo que no leía con tanto entusiasmo –lo he devorado en tres tardes- un libro que me dejara esa sensación de haber degustado unas páginas que rezuman belleza y verdad.
Hacía tiempo que no leía con tanto entusiasmo –lo he devorado en tres tardes- un libro que me dejara esa sensación de haber degustado unas páginas que rezuman belleza y verdad.
domingo, 10 de agosto de 2014
CIELOS DE SAMARCANDA - FRAGMENTOS
(Fotografía de Alberto Sánchez y de su hijo Alcaén)
En
“Cielos de Samarcanda”, como uno de los asuntos fundamentales de la obra, está
la vida de Alberto Sánchez, uno de los artistas más importantes en aquella
España de los albores del siglo XX, desde su niñez en el barrio toledano de Las
Covachuelas hasta su muerte en el destierro de Moscú. En esta novela también
está su obra, sus principios éticos y estéticos de escultor del campo – él
quería levantar los surcos de la tierra, por eso muchas de sus obras están
arañadas, horadadas, como lo estaban los campos que él conoció; o rayadas con las mismas incisiones que
aprendió a hacer en su oficio de panadero-. También están sus anhelos, sus
sueños, sus inalteradas nostalgias de exiliado. Por eso a su hijo lo llamó
Alcaén, como la arcilla roja de Toledo, para preservar en él la memoria de la
tierra.
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