miércoles, 20 de abril de 2016

TURNO DE NOCHE, RELATO GANADOR DE ALHAURÍN DE LA TORRE

Es el miedo, inspector; ese aliento frío y turbio que a veces nos anega de niebla y pánico, y entonces ya sólo sentimos un mero instinto de supervivencia, crecido, palpitando, agazapado como una alimaña, a la defensiva. Porque es ese instinto ciego el que actúa, el que lanza su zarpazo, o la dentellada mortal; mientras sólo percibimos su jadeo, y luego el espanto de la sangre.
Por eso disparé, porque el susto me alertó las ansías de vivir, y las ganas de matar a quien provocaba mi angustia y mi miedo, y a quien sólo pude ver aquella careta blanca que utilizan los de Anonymous, y su congelada sonrisa de plástico. Primero encañoné al que me había apuntado con la pistola. Y luego, cuando ya iniciaban la huída, oí el trueno seco del disparo, porque, sin consciencia de lo que hacía, apreté el gatillo, y le abrí un boquete en la espalda al que iba detrás, antes de que saliera por la puerta. Ya sé que éste último no tenía pistola, y además se había quedado rezagado, como miedoso, o paralizado. Si al menos le hubiera visto la cara, alguna expresión humana, de susto, o de súplica, a lo mejor no hubiera disparado. Pero sólo le había visto la mueca de plástico en su careta, y yo tenía el miedo incrustado en las tripas, y el instinto de matar crecido.
Ni mi jefe ni mis compañeros sabían que tenía una escopeta escondida en la gasolinera. Sólo la sacaba del coche cuando me tocaba el turno de noche. Aquel día además el jefe ya me había dado instrucciones para cubrir el turno de un compañero enfermo, en esa zona donde ya se habían producido varios atracos.
Nunca pensé que acabaría disparándola, inspector. Cuando la envolví en una manta y la metí en el coche, sólo pensé que la escopeta me ayudaría a aliviar el miedo de las noches; porque durante aquellos días se habían incrementado los atracos, incluso en uno de ellos había muerto un compañero. Por eso guardaba el arma en el maletero del coche, y por la noche la escondía debajo del mostrador, envuelta en la manta, junto a la caja del dinero.
Ya les habíamos transmitido a los jefes nuestra preocupación y nuestro miedo; pero se negaron a blindar las gasolineras de la empresa, como habían hecho otros, dejando sólo una ventanilla para el pago, o instalando máquinas automáticas para tarjetas. Nos dijeron que esos sistemas restan clientes y reducen el negocio; no sólo el del combustible, sino también el de la tienda, donde vendemos de todo, y más a esas horas de la noche en que son los únicos sitios abiertos. De modo que si persistíamos en nuestras exigencias habría regulaciones y despidos, nos advirtieron.
  Por eso decidí recortar con una sierra los cañones de la escopeta de caza, para que abultara menos. Luego la envolví en una manta y la eché al coche. Ya hacía mucho tiempo que no la utilizaba, desde que dejé de ir al pueblo, que era cuando salía al campo los domingos, con otros cazadores. A la perdiz y al conejo. Porque yo siempre he tenido mucha afición al campo y a la escopeta. Pero ya hace un par de años que lo dejé. Desde que mi Luis empeoró. Él no quiere acompañarnos al pueblo, y a su madre y a mí se nos hiela la sangre cuando pensamos que se puede quedar solo un fin de semana.
 El psicólogo nos ha dicho que es un trastorno de la personalidad, lo que le provoca el descontrol a mi hijo. Además cada vez está más enfangado con las drogas. Con la cocaína y las pastillas, que le están volviendo loco. Algunos días incluso nos roba, y ya no vuelve en toda la noche; hasta que nos echamos a la calle a buscarlo, y a veces lo encontramos tirado en cualquier garito del barrio, o en un banco, encogido de frío y hambre.
Al principio yo era muy duro, y reaccionaba con violencia. Algunos días incluso, en que volvía de madrugada drogado y borracho, le impedía entrar a casa, y lo dejaba en la calle, aunque hiciera frío; hasta que su madre me convencía para que cediera. Ella es la que más sufre, la pobre. Se va a quedar seca de tanto llorar.
Pero yo ahora he cambiado; desde que lo convencimos para que asistiera a un centro de rehabilitación, y luego a la consulta de un psiquiatra, que le está tratando sus alteraciones y trastornos.
Aunque él sigue drogándose, inspector. Y continúa perdiéndose por las noches. Y, cuando vuelve, trato de hablar con él, y decirle, por las buenas, que tiene que cambiar. Algunos días, ya de bajón, se echa a llorar, y me dice que quiere curarse, pero que no puede. Su madre también llora, cada vez más. Y a mí últimamente se me saltan las lágrimas sin apenas darme cuenta, porque las tengo siempre ahí, empujando, en esa nube de tristeza que de continuo me enturbia la vida. Por eso, cuando me hablaron de un centro en el que tratan, con buenos resultados, casos como el suyo, entre la negrura, se me abrió una luz, la ilusión de una esperanza en el final del túnel. Me dijeron que cuesta veinte mil euros, con internamiento de varios meses. De allí sale desintoxicado de las drogas, me han asegurado. Lo del trastorno también lo tratan, aunque eso conlleva más tiempo, y más dinero. Me han dicho que es un centro al que acuden los ricos y famosos, para enderezar a los hijos que les salen torcidos, como mi Luis.
Por eso estamos ahorrando, inspector. Para ver si lo puedo llevar pronto a ese sitio, a que lo curen. Que sólo tiene diecisiete años. Y ya hemos sufrido mucho.
Es esa situación de mi Luis la que me ha incrementado la desazón y el miedo. Miedo a perder el trabajo. Y miedo a que me maten, como pudo ocurrir en el atraco de anoche. Miedo por mí, y por mi familia. Porque dejaría a mi mujer viuda, y a mi hijo huérfano, y ya sin posibilidades de poder ingresarlo en ese centro donde llevan a los hijos de los ricos para que les enderecen la vida, como quiero hacer yo con mi Luis, en cuanto ahorre el dinero que hace falta.
Por eso, cuando los jefes hablan de despidos, no puedo evitar pensar en ellos. También lo hago cuando escucho por la radio que han atracado otra gasolinera y han herido, o han matado, al dependiente. Es en la radio donde escucho lo que pasa en el mundo. Ella me acompaña durante toda la noche. Algunas veces, cuando para algún coche a repostar, o entra alguien a la tienda, subo el volumen, porque así tengo la sensación de que estoy acompañado; y los que llegan, con tanto ruido, también pueden pensar que no estoy tan solo.  
Aunque la realidad es otra, y la soledad, sufrida durante tantas horas, al final acaba dejando sus muescas, y un vaho de tristeza por dentro. Sobre todo en el invierno, en que se incrementa el frío y se abrevian las salidas y los trajines de la gente. Es mucho tiempo el que paso mirando a través de los cristales, hacia los brillos de la ciudad. Y es entonces cuando más me calan las canciones de la radio, que siempre la tengo puesta en una de esas emisoras que emite música de continuo. Y como la soledad siempre nos lleva a escarbar en la memoria, cada una de esas canciones, como si formaran parte de la banda sonora de mi vida, me hacen recordar otros momentos, otros años y otras situaciones. Con algunos discos, que son los mismos que oía en la discoteca de mi pueblo, rememoro aquel tiempo de mi juventud repleto de ilusiones e incertidumbres; cuando el futuro aún se intuía extenso e insospechado. Luego el azar, que rige nuestras vidas como en una rifa siempre incierta, fue hilvanando avatares y acontecimientos: los de la juventud, marcados por las circunstancias y tendencias del cortejo y el apareamiento; y después los de la familia, el hijo, el trabajo en el campo con sus fatigas y sus afanes. Y al final, esa misma tómbola de la vida nos ofreció la oportunidad de venirnos a Madrid, a emplearme en la gasolinera donde ya trabajaba un paisano que influyó para que me ofrecieran el puesto.
La verdad es que dudamos mucho; aunque acabamos aceptando la oferta, para que yo dejara de estar a la intemperie todo el día, en invierno y en verano, como los bichos del campo. Y también lo hicimos por el hijo, que aún era pequeño, y queríamos que creciera en la ciudad, pues estábamos en la idea, como todos los que emigraron entonces, de que aquí siempre habría más oportunidades para los hijos, y un futuro mejor que el del pueblo. Y ya ve usted la realidad que tenemos ahora, con el hijo y su futuro, tan negro, y quizás tan corto, si no soy capaz de abrir algún claro entre tanta negrura.
Esos son los pensamientos que se me vienen a la cabeza durante las largas y solitarias jornadas nocturnas, mientras espero a que reposte algún coche, o entre alguien a pagar, o a comprar algo.
Llevo ya muchos años viviendo la noche, y la conozco bien. Cuando la mayoría de la gente duerme, en esos alrededores de la ciudad, sobre todo en el verano, suele haber mucho trajín. Por allí pasan transeúntes y clientes de todas las condiciones y calañas. Beodos aristócratas y borrachos pordioseros, algunos hoscos y huraños, que merodean por aquellos descampados buscando un agujero donde protegerse del fragor de la intemperie. También frecuentan esos lugares prostitutas de alta y baja alcurnia, cuando las llevan a los clubs de alterne ubicados en esa carretera, y a veces se bajan a comprar un refresco, o pilas, quizás para algún transistor o aparato de música con el que entretener el tiempo a la espera de clientes. Algunas noches paran coches con muchachos muy jóvenes, que viajan en varios vehículos, con la música atronando. Yo sé que van hacia sus fiestas y su perdición, hacia ningún sitio. Es entonces cuando más me acuerdo de mi Luis, al ver a esos chicos con los ojos brillantes, por la falsa euforia de los estupefacientes, sin ser conscientes, los pobres, de que en realidad por esa mirada encendida, más que el fulgor de las drogas y el alcohol, se les escapa la vida, a raudales, en plena juventud.
Algunos mafiosos oscuros en ocasiones merodean por la zona. Y atormentados infieles, embozados en su timidez y su susto, que se esconden de ellos mismos, y su cara delata la traición cometida con más evidencia que el ruido de las palabras. También veo a veces a mujeres insatisfechas que se desvían en una noche de fiesta, o de cena de empresa, por aquella carretera con algún acompañante casual, junto al que han sentido, con el vino de la cena, ganas de aventura, y tratan de preservar el anonimato poniéndose la mano en la cara cuando me arrimo al coche para echar gasolina. Y a esas horas siempre veo a los hombres y mujeres de la noche que atienden taxis, ambulancias, vehículos policiales. Todos alerta mientras los demás duermen, parados a veces durante un rato en el oasis de luz de la gasolinera, para repostar, beber algo, o mantener una breve conversación conmigo, sobre la vida, el trabajo, o el frío de la noche, mientras al fondo reverberan las luces de la ciudad, por la que ellos trasiegan hasta el amanecer.
Y yo siempre con la radio puesta, sonando sin cesar, oyendo su música, que a esas horas estremece, entristece o emociona más, y me aviva la memoria y los recuerdos de mi vida. Esa radio a la que subí el volumen, como hago siempre, cuando anoche vi dos bultos que se acercaban. No entraron de frente, sino por un lateral, donde falta luz y se adensa la penumbra. Por eso no les vi las caretas hasta que los tuve delante, ya uno de ellos apuntándome con la pistola.
«Danos el dinero», me dijo el que se acercó, con la voz deforme y amortiguada por la máscara de plástico. Sólo dijo eso. Ni una palabra más.
El otro, al entrar se quedó muy quieto, junto a la puerta, como si hubiera sentido de pronto una repentina cobardía, o arrepentimiento, o susto tal vez, ante aquella situación de peligro o riesgo de la que quizás sólo en ese momento fue consciente.
Fue entonces cuando sentí ese miedo del que ya le he hablado. Estaba convencido de que me podían matar. Y pensé en mi mujer, y en mi Luis. Y en los dos juntos. También imaginé, durante unos instantes, lo que sentiría cuando oyera el disparo, si es que lo oía, cuando la bala se alojara en mi pecho, o en mi cabeza. Y cuánto duraría la consciencia, y qué sería capaz de hacer durante aquellos instantes, antes de que la noche me entrara al fin por los ojos, y dejara de sentir, y de respirar. Todo eso pensé, inspector. No sabe usted lo que cunde el tiempo cuando uno cree que lo van matar, y que la única vida que ya le queda son esos momentos de miedo. El miedo. Otra vez el miedo. Que te aturde en ocasiones. Y en otras activa un inconsciente instinto de supervivencia, ese depredador que palpita por dentro, alerta, a la defensiva, cuando tiene que cumplir con su función de preservar la vida.
Sólo percibí que desatendió la pistola cuando recogió los billetes que yo había sacado de la caja. No le veía los ojos, pero sí percibí un despiste, una cierta confianza, tal vez, que lo llevó a dejar caer el brazo, y el arma. Fue inconsciente, y no sabría decirle cómo pude ser tan rápido. Pero la realidad es que el atracador aún tenía el brazo caído cuando vio los dos cañones recortados asomando por la manta.
Ni siquiera intentó apuntarme de nuevo con el arma. Me sorprendió la rapidez con la que se dio la vuelta y salió corriendo. El otro, el que estaba detrás, tal vez también sorprendido, cuando su compañero ya había salido al exterior él aún estaba dentro, de espaldas, iniciando la huida. Fue entonces cuando sonó el trueno del cartucho, y luego vi la mancha de sangre, muy extendida, y enseguida a él en el suelo, de bruces, ya quieto.
No quise tocarlo. Esperé a que llegaran ustedes, y a que me trajeran aquí, a la comisaría, a hacer esta declaración.
Esto es todo lo que sabía anoche, cuando subí al coche policial. Lo demás, lo que usted ahora me ha contado, no podía saberlo, ni suponerlo.  
¿Cómo iba a suponer yo que debajo de esas caretas se escondían los rostros de dos adolescentes drogados y asustados? ¿Y cómo iba a imaginarme que la pistola era falsa, de plástico duro?
¿Cómo podía suponer yo eso, inspector? Si el miedo me había nublado la razón, y ya sólo sentía un impulso ciego de seguir vivo.
Y ahora me dice que el muchacho al que maté tenía diecisiete años, y que su madre ya está en el depósito, esperando a que se lo digan a su padre, para entrar los dos juntos a identificarlo. Además me pide que me prepare para lo peor. Y yo no sé a qué refiere.
¿Quién se ocultaba detrás de la careta, inspector? ¿A quién he matado?